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25/01/2012 / cuentagotas

Sobre el recital de esta noche en Huertas, 14

Como adelanté el lunes, hoy recitan mis compañeras, amigas y excelentes poetas María Solís y Margarita Mayordomo. Eso sin desmerecer a los otros dos poetas: Álvaro Muñoz Robledano, a quien tengo el gusto de conocer personalmente y cuya obra conozco, y José Pérez Carranque.

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Algunos poemas de ellos:

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Mi bata vieja

Me he envuelto en la bata.
Es tan vieja que ya huele a mi piel
y conserva mi forma
Es tan vieja que aguanta zarandeos
con paciencia de madre

Intento recordar sus orígenes
La compré en la noche de los tiempos
fijo que de rebajas
Tiene un color mediocre y unos cuadros
con diseño de chico
y tiene un pelo corto que perturba al rozarte

Exiliada de los vestuarios fashion
y con grietas en el cuello y las mangas
aún conserva favores de reina
y es sabia despertando el places en los poros

Al salir de bañarme mi desnudo la busca
Al vestirme ella ejerce de jarap,
cuando me alzo las medias

He salido a la calle, y regreso con frío
Ciño en dos vueltas la bata caliente
Mientras voy escuchando la música
me recuesto en la alfombra
y me froto con ella

Margarita Mayordomo (de su plaquette, Con los huesos al aire)

.

La mujer respetable

No se despiertan las vírgenes coyunturales del trastero.
Una madre irlandesa las vigila
cargada con alquitrán de pino y ocas.
Así se hacen mujeres respetables.

El hombre abandonó la madrugada.
El hombre ahora se agrupa frente al escaparate a plena luz del día.
Con humedad estática, el maniquí espera ser
clavado al cadalso y que,
públicamente,
le desnuden.

Es el fetiche de los matrimonios alemanes
con piezas prescindibles en el bosque.
Puede ser vejado en la trastienda donde sólo desaparece el dependiente.

Justicia de un ejército de rusos,
trofeo de guerra, de caza, de familia,
tiene el cuerpo crispado para dar la razón.

Tiene el molde perpetuo de unos ojos
disecados por guerras tribales africanas
y la mordaza
de un campo de violación en Bosnia.

María Solís (de su plaquette, Hordas)

.

A veces los objetos muestran sus heridas, las que recogen y las que provocan:
el teléfono, el tabaco, el jabón y las toallas, el abandono y un breve paisaje de turba; agua
en la lejanía, a través de la ventana, mostrando la noche a medio camino.

Álvaro Muñoz Robledano (de Hoteles)

.

Los murales Seagram

Contemplo en un silencio
negro sobre cerezas,
columnas de dolor
originario. Infinito
templo de infinitos interiores.

Sobre mi abismo flota su misterio,
por él discurro
de veladura en veladura
hacia el color que sana
ofreciendo su lumbre.

Allí me centro
como el derviche
que expande lo sagrado.

Allí vibra una luz
tal vez vez inexplicable

José Pérez Carranque (De aquí)

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