Estoy abriendo la presa de los sentimientos, de los recuerdos, y eso se nota.
Hoy, en la consulta de la psiquiatra, he estado llorando de una manera bestial. Casi no podía ni hablar; me ahogaba. Curiosamente, he notado que cada vez que tengo que hablar de mí de esa manera me entra la tos. Recuerdo que, hace años, tenía ataques de tos (y no fumaba). Una amiga de mi madre, muy esotérica, me dijo que tosía porque quería decirle algo a alguien y no podía. No es que crea en esos temas, pero la interpretación me pareció cojonuda.
Luego, pasan cosas extrañas. Yo sólo quiero volver a casa para refugiarme y seguir lloriqueando un poco. Me siento muy sensible, como en un segundo duelo; estamos reescribiendo la historia. Y no tengo fuerzas para hacer nada. De repente aparece una cucaracha en mitad del salón y soy incapaz de matarla de un pisotón; cuando me acuerdo de ella, la rocío con spray, pero la muy maldita no muere. Cuando la rozo con la escoba para intentar tirarla a la basura, se sigue moviendo. Y ahí está, muriendo lentamente, la pobre. Después, me voy al súper, y sé que sólo llevo 20 euros, pero se me olvida y empiezo a echar de todo en el carro, y en la caja me toca devolver el pollo y algunas cosas más, porque no me llega. Con lo cual, por mi mala organización, por estar en Babia, mañana me tocará volver a ir.
Voy y vengo, como una autómata y, si puedo, me escaqueo de hacer las cosas. Ayer el día fue bastante productivo, por lo menos hasta las 7 de la tarde; después de eso, fue lamentable (quiero decir que fue lamentable la manera en que las dos horas que tenía asignadas al esparcimiento se convirtieron en casi cinco y en una larga ristra de vinos blancos). Hoy, después de la consulta, me he declarado en huelga. Y mira que, para ser una desempleada ociosa, tengo cosas que hacer. Tengo que llamar a un tipo para que me ponga unas persianas de madera (sí, llevo un par de años con sábanas haciendo las veces de cortina; un desastre), tengo que decidir si me pongo Gas Natural (me niego a pasar otro invierno sin calefacción alguna), tengo que ir a empadronarme y a actualizar la tarjeta de la Seguridad Social (bueno, para empezar, tengo que encontrar la tarjeta de la Seguridad Social), tengo que ordenar un montón de papeles y de libros, y tal vez deshacerme de buena parte de ellos.
Y nada. Ahora mismo, lo único que me gustaría es correr a refugiarme en alguna placenta o similar.
Sé que es pasajero, e incluso bueno; sé que, simplemente, no debo dejarme llevar por todo eso. Pero me cuesta horrores, caray. Menos mal que en un rato llega Carlos y se queda hasta el domingo. No me malinterpretéis; todo eso va a seguir estando ahí pero, con él, la vida es mucho más llevadera.


5 comentarios
21/10/2009 en 22:25
Ya sabes que preferiría quedarme encerrada en una habitación con una rata que con una cucaracha. Jamás he sido capaz de matar a una. Pues bien, el otro día me levanté y había una cucaracha – no muy grande, gracias a Dios – en la ducha. Tenía que ducharme. Maté a la primera.
21/10/2009 en 23:39
Buenísimo lo de devolver el pollo…
22/10/2009 en 10:38
Una vez estuve a punto de perecer asfixiado porque vi tres cucarachas juntas, cerré la puerta (la ventana ya lo estaba), agarré el bote y casi lo vacío.
Yo que tú cambiaba de supermercado. Eso a mí me pasa a menudo, y siempre me dejan llevarme el pollo. Pero al final tengo que volver a pagar, claro.
Otro día te cuento lo que decía uno de los hombres más sabios sobre el vino. Aunque yo discrepo.
Si realmente piensas tirar libros (cosa que me ha sonado completamente literaria), acuérdate de mí.
Buen fin de semana.
22/10/2009 en 21:40
Eso, eso, cambia de supermercado. Covirán Pawah!
26/10/2009 en 14:28
@T: Jo, estoy orgullosa de ti, pequeña
@perrolluvia: me encanta esa costumbre/manía que tienes de fijarte en un detalle en concreto dentro de una marea de cosas
@aguasdelmanubles: estoy deseando oír lo que me tienes que decir acerca del vino… (o no)
@jevivoladores: hasta el del Corte Inglés es más barato que el mercado de San Miguel
A los demás: Comentadme, que sé que me leéis… ¡Copón!